En las montañas del lobo (II)

En las montañas del lobo (II)

La primera vez que vine a estas montañas dejé mi huella en la nieve junto a la de un lobo. De rodillas, miraba emocionado ese rastro en el suelo congelado, con las almohadillas y las uñas perfectamente marcadas, mientras intentaba adivinar: ¿macho o hembra? ¿qué edad? ¿de qué tamaño?

Los lobos pueden saber esas cosas de sus presas, incluso si tienen alguna enfermedad porque la pisada es irregular, o por el olor del pasto que han comido. Más allá de los supersentidos con los que están dotados, los lobos son los maestros de la observación y la paciencia, cualidad que han heredado nuestros perros, cuando saben que salimos de casa solo por el ritual de echarnos colonia o ponernos las zapatillas. A veces, una simple huella es todo lo que necesitas para seguir un rastro… aunque la búsqueda te lleve años.

 

La Montaña de Riaño y Mampodre es un parque natural único, enclavado en un vértice entre León, Palencia y Asturias. Muchos llaman a este lugar “los fiordos españoles”, y no es para menos. El Gilbo, con sus 1.679 metros de altura corona una cadena montañosa que rodea al embalse de aguas turquesas que, con bastante polémica, sumergió al antiguo pueblo de Riaño en la década de los 80.

Hoy en día, en una colina a las afueras del pueblo se alza el columpio más grande de España, desde el que puedes sentirte como Heidi en los Alpes suizos (de hecho, hay una figura de Heidi en el lugar), sobre todo si lo visitas en invierno, cuando la nieve envuelve para regalo los picos de las montañas. El pueblo con su campanario, el lago y las montañas hacen que esta panorámica se te grabe en la memoria como un cuento. No muy lejos, los Picos de Europa se alzan como imponentes centinelas.

Pasamos mucho tiempo en las ciudades, en los trabajos, en nuestras casas, rodeados de cemento y ladrillos. También vivimos de día, mientras casi todos los animales son crepusculares, o directamente nocturnos. Así es difícil coincidir, y muy fácil que no pienses en la vida salvaje, más allá de las palomas o los gatos callejeros. Así que, cuando voy a la naturaleza siempre me pregunto: ¿qué animales vivirán aquí? En la plaza del ayuntamiento encuentro la respuesta: una deliciosa terraza empedrada sirve de mirador al embalse, y en ella se despliega un conjunto escultórico que es como un catálogo de especies cinceladas en acero: ciervo, jabalí, corzo, rebeco, águila, buitre, ardilla, nutria, gato montés, zorro, oso y lobo. Unos pocos kilómetros cuadrados albergan más biodiversidad que algún país entero. Y es que estas montañas, son otro nivel.

¿Sería posible ver a toda esta fauna en un mismo viaje de una semana?

La única opción para intentarlo, es amoldarte a sus horarios… lo que significa dormir poco y pasar sueño, mucho sueño. También significa abrigarse, si no quieres pasarlo mal en una espera a 14 grados o menos, aunque sea agosto.

Los lobos viven y cazan de noche, por eso al amanecer ya están casi de retirada para encamarse, mientras que al atardecer están a punto de empezar sus rondas. En esta época además, los cachorros del año ya empiezan a salir del cubil para conocer mundo, y entrenar sus habilidades a través del juego. En medio de una ladera, en un pequeño claro entre la vegetación, me viene a la mente la canción: cinco lobitos, tiene la loba… cinco lobitos detrás de la escoba… Y allí, entre las verdes escobas, aparecen mis cinco lobitos jugando entre ellos, saltando y mordiéndose, en una escena difícil de olvidar

Están muy lejos. Para verlos, ha hecho falta un visor térmico, telescopio y toneladas de la paciencia que no me sobra, pero es la forma de no interferir en el comportamiento de las manadas, de no alterar su vida con nuestra presencia cercana. Un macho adulto tumbado en el suelo juega con los lobatos , que a estas alturas de verano tienen ya dos meses,  y se deja mordisquear (hasta cierto punto). Otro cachorro salta por encima de una rama y otro parece haber encontrado un juguete para morder y llevar con la boca.  Es una escena deliciosa. Mientras, a lo lejos, un lobo adulto parece observar a la manada mientras vigila el territorio.

En un alto, rodeado de más escobas, su planta es imponente: las orejas puntiagudas y su mirada de color ámbar son la viva imagen de lo salvaje. Cuando cae la noche, todo parece despertar en el valle, en un auténtico festival de vida a nuestro alrededor: vemos dos tejones desperezarse para iniciar su ronda. Un zorro en lo alto de una loma. Jabalíes, ciervos, corzos… y los lobos a punto de empezar su ronda en busca del eslabón más débil para que esta cadena siga bien engrasada.

Mientras escribo estas líneas, en este mismo territorio se ha aprobado la muerte de 67 ejemplares de lobo, como medida de control poblacional, para “reducir los ataques al ganado”. La ganadería extensiva es contra natura. Se dejan a su suerte terneros y potros en valles sin vigilancia humana, sin medidas de protección, sin mastines… cazar y sobrevivir en plena naturaleza es duro, muy duro.

Abatir un corzo, un ciervo o un jabalí requiere de la participación de toda la manada, en plenitud. Si matamos a uno de los miembros, estamos cercenando su capacidad de caza; si matamos al líder experimentado, estamos dejando a la manada sin guía y condenándola a buscar presas más fáciles y asequibles. La matanza indiscriminada de lobos no reduce los ataques, al contrario: lo agrava, como así lo dicen los datos, y solo sirve en realidad para obtener rédito político. Y así vivimos, en este sinsentido. Y así prosperan corzos y jabalíes enfermos, que invaden ciudades y carreteras por no tener depredadores suficientes que los controlen.

Esa misma tarde recorremos el territorio y escudriñamos con el telescopio la ladera de una montaña en busca del oso pardo. Para nuestra sorpresa una osa con sus dos crías recorre las crestas pedregosas con sorprendente agilidad en busca de pudio, uno de sus frutos predilectos en esta época. Es una suerte verlos, aunque sea de lejos. Y es una suerte para ellos no cruzarse con un gran macho que podría matar a las crías para que la hembra entre de nuevo en celo y transmitir su propia genética. Probablemente, si los osos supieran la situación en la que se encuentra su especie en España, no tendrían esos comportamientos “criminales”. En 1.990, la caza furtiva prácticamente lo llevó al borde de la extinción, con apenas 50 ejemplares vivos. Hoy, con la protección legal vigente y la concienciación de la población, el número de osos ronda los casi 500, entre las poblaciones cantábricas y pirenaicas (con osos introducidos procedentes de Eslovenia). Aunque es una recuperación espectacular, las cifras siguen llamando a la máxima protección. Observar una escena como esta en libertad es, de lejos (nunca mejor dicho), un auténtico regalo.

Pero no era el único de los regalos que me esperaban en este viaje. No tan grande pero igual de salvaje y enigmático, el gato montés es una de las fierecillas que cazan a plena luz en las praderas. Sigiloso, elegante y con esa inconfundible cara de mala leche, su mirada verde parece traspasarte. La cola ancha y redondeada, el cuerpo robusto y los enormes bigotes que caen hacia los lados de su cara le distinguen de cualquier gato doméstico. Verle inmóvil en la pradera esperando atisbar el más mínimo sonido o vibración de la tierra para pasar a la acción en décimas de segundo, es fascinante. Mantiene así a raya a las poblaciones de ratas toperas y topillos, que de otra manera proliferarían a sus anchas, dañando cultivos. El gato montés es, por derecho propio, el príncipe de estas montañas.

El pequeño raposo, maltratado, vilipendiado y a veces odiado sin saber por qué, sería una especie de lacayo de este príncipe rayado. El zorro es un superviviente que siempre se levanta, por más palos que reciba y por desgracia seguirá recibiendo…

Las cadenas montañosas nos rodean. El pico del Espigüete, con sus 2.450 m de altitud es una de las cumbres más altas de la Montaña Palentina y se yergue imponente sobre el paisaje, dominándolo. Un águila real lo rodea majestuosa, y sin duda me ve. ¿Qué pensará? Sabe que soy un elemento extraño aquí, con mi ropa de camuflaje y el teleobjetivo que utilizo para poder descubrir a los animales de este lugar, y que ella por supuesto no necesita.

Daría lo que fuera por verlo todo a través de sus ojos por un momento, desde las alturas, respirando y sintiendo la libertad más absoluta.

 

En las montañas del lobo.

 

*** GALERÍA

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *