Partes de un todo

Partes de un todo

Hay veces que las coincidencias parecen demasiado coincidencia, la verdad. Justo antes de salir para esta nueva aventura, había visto con mi familia la nueva película de Pixar “Hoppers”. Suelo esperar los estrenos con mucha expectación, aunque en esta ocasión me había rezagado un poco porque no me convencía demasiado lo que había visto. Detrás de unas formas un tanto frenéticas y por momentos delirantes (sin duda dirigidas a un público infantil que por desgracia ya se ha acostumbrado a eso),  se esconde una gran sensibilidad por la naturaleza y un mensaje muy potente (lástima que el enfoque de esta película esté más cerca de “Hotel Transilvania” que de la espectacular “Buscando a Nemo”).

Mabel, una niña rebelde, impulsiva y con tendencia al mal genio descubre, gracias a su abuela Tanaka, cómo puede bajar sus revoluciones y estar en paz consigo misma. Y lo hace sentándose en un claro del bosque bosque a respirar,  a esperar. Y ese es el mejor momento de la película. Cuando ella se para a observar, los animales empiezan a surgir a su alrededor en sus quehaceres diarios: castores en el lago, pájaros en las ramas, patos, zorros, ardillas… allí donde antes no había nada, ahora descubre que ella también forma parte de ese todo, se ve conectada. Y su vida cambia. Su impulsividad no desaparece, sino que ahora la canaliza de otra forma.

En otra película (también de Pixar) mucho más conocida, un coche rojo de carreras aprende por las malas que a veces es mejor disfrutar del camino que correr por llegar el primero. Y para ello se tiene que perder. Perderse para encontrarse…

Mientras me perdía por las carretera y pistas del Parque Natural  estas dos ideas se mezclaban en mi cabeza a medida que las iba sintiendo. Esta sensación iba a más mientras yo tarareaba una de las canciones de la banda sonora de “Cars” con la mano por fuera de la ventanilla en plan “¿te gusta conducir?”… y casi todos los conductores de coches o motos que me adelantaban se giraban para mirarme con todo su “afecto”. Yo les entendía: era la misma mirada que yo mismo he lanzado a los demás alguna vez, cuando me sumo a esa corriente que nos lleva a correr más para llegar antes.

Cuando bajas el pistón, te da tiempo a que con cada respiración seas más consciente del entorno, de los “compañeros de planeta” que nos rodean, y de saber que no vivimos en mundos paralelos, sino entrelazados. La misma luz de la luna, los mismos colores del amanecer, la misma brisa cargada de olores nos envuelve a todos por igual.

Y entonces tu interior cambia y eres consciente de que no hay prisa por llegar. Eres consciente de que lo importante no es solo “estar”, sino estar bien.

La “velocidad fotográfica” de la vida es como una terapia en realidad. Fotografiar un amanecer, un atardecer, un animal… no es un acto de solo disparar una cámara. Es un acto consciente y paciente de espera, de observación, de sentir el entorno y si me apuras, de fundirte con él. Entonces cada fotografía que realizas (una fotografía no se “toma”, no se “echa”, no se “tira”), es un acto consciente de capturar un momento, de ordenarlo y enmarcarlo visualmente según tu propia visión de él. Cada fotografía dice más de uno mismo que de lo que se fotografía, dejándote totalmente al descubierto sin posibilidad de esconderte.

Y así, foto a foto, gota a gota, cada una de ellas es un viaje, es una compañía, un animal, una planta, un árbol, un bosque, una nube, una montaña, una flor, un paisaje, una luz. Y cada vez que lo vives te deja algo dentro y hace que los límites entre tu propio ser y el entorno se desdibujen.

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